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16/03/2004 | Fuente: colombia-indymedia.org Volver Atrás

California, las sucias compañias de la limpieza.

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Miles de trabajadores mexicanos sin papeles limpian los supermercados estadunidenses sin recibir el salario mínimo ni pago de horas extras, sin descansos ni prestaciones. Una demanda ha abierto la posibilidad de que sean indemnizados los trabajadores de Safeway, Ralphs, Vons, Albertsons y Pavilions.

California, las sucias compañías de limpieza
by Tania Molinares Ramírez Sunday March 14, 2004


TEPEXI DE RODRIGUEZ, PUEBLA.–Se levantan al caer el sol. Estripean, waxean, pulen y restriegan el piso durante toda la noche, a cambio de un salario mínimo, si bien les va. Gracias a ellos, los supermercados de Estados Unidos están relucientes cada mañana, listos para ser recorridos en busca de sopas instantáneas y refrescos.

Pocos estadunidenses están dispuestos a hacer lo que ellos hacen. "Más de 90% de los trabajadores que asean los supermercados en California son mexicanos sin papeles, la gran mayoría hombres", dice Lilia García, directora ejecutiva de Maintenance Cooperation Trust Fund (MCTF, una organización dedicada a supervisar las condiciones laborales de los trabajadores de limpieza).

Una demanda (con el número CV 01-0515 pa(shx) "Juan Flores vs. Albertson’s, Inc., et.al.") impulsada por varios despacho de abogados y organizaciones de defensa de migrantes ha sacado a la luz la situación de explotación vivida por miles de trabajadores, que durante muchos años han laborado sin recibir el salario mínimo, sin pago de horas extras, sin descansos, sin equipo de seguridad.

Para liberarse de compromisos laborales, las cadenas de supermercados recurren a los servicios de contratistas. Entre las compañías de limpieza hay algunas dirigidas por mexicanos, como Zapata Janitorial Building and General Services, Inc., de Alfonso Zapata, el principal contratista de Zacapala, Puebla.

Mario Riestra, coordinador de la Oficina Estatal de Atención al Migrante de esa entidad, se refiere a él como un "superempresario". Para los pobladores de Zacapala, Zapata es uno de los explotadores que, no contento con esquilmar salarios y prestaciones, hace descuentos a los trabajadores para luego invertir los dólares en obras en la localidad, diciendo que son donativos suyos.

La demanda presentada contra los supermercados podría traducirse en una indemnización millonaria en dólares. Los abogados laborales calculan que los involucrados son 2 mil trabajadores, aunque se han puesto la meta de reunir los expedientes de mil de ellos.

El caso es llevado por un amplio grupo de bufetes, organizaciones y abogados: Hadsell & Stormer; Bahan & Associates, Traber & Voorhees y Talamantes/Villegas/Carrera, LLP, la organización Mexican American Legal Defense & Educational Fund (MALDEF), y Marvin Krakow y Robert Newman. Las demandadas son las cadenas de supermercados Safeway, Ralphs, Albertsons, Vons y Pavilion y otros que hubiesen contratado a las compañías de limpieza Encompass Services Corporation o Building One Service Solutions, Inc. (la principal contratista de California).

La acusación es "haber llevado a cabo un esquema para evadir sus obligaciones legales respecto a los salarios de los trabajadores de la limpieza y las prestaciones, a través de contratar trabajadores de limpieza indirectamente a través de contratistas, mientras mantienen el control del trabajo llevado a cabo en los supermercados", señala la Corte Federal de Distrito de Los Angeles.

Después de reunir 437 expedientes en Estados Unidos, un grupo de abogados y activistas se trasladó a México a buscar a trabajadores que califiquen para sumarse a la demanda. Los trabajadores deben llenar un cuestionario para demostrar que trabajaron en alguna de las cadenas demandadas entre enero de 1994 y el mismo mes de 2003. En los primeros 12 días de su estancia, cumplidos el 7 de marzo, en Puebla e Hidalgo encontraron a 152 trabajadores.

Masiosare acompañó al grupo en parte de su recorrido y pudo constatar las reacciones, que fueron del escepticismo al temor: "A ver si al fin se hace un poco de justicia", "Ya sabemos que vamos a que nos exploten", "Nos van a correr si participamos", "A lo mejor es para saber los datos de nuestros familiares que están allá y luego deportarlos". Pese al miedo, todos los trabajadores terminaron dando sus datos.

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Crispín Palacios duda. Mide con la mirada a la pareja que tocó a la puerta de su casa en Tepexi de Rodríguez. Le hablan de que la violación de sus derechos puede ser compensada si decide sumarse a la demanda colectiva (class action). Ya sabía de la demanda, pero no quiere meterse en líos porque quiere regresar a California y teme represalias.

Javier Amaro, coordinador de investigaciones del MCTF, insiste: es una demanda que no va a afectar su actual trabajo. Además, su nombre ya está en la lista de los implicados; lo único que sucedería es que si se gana la demanda y no llenó el cuestionario, no recibirá su compensación.

Finalmente, Palacios acepta. Nomás necesita que le den tiempo de terminar lo que dejó a medias cuando tocaron a la puerta (está trabajando en la construcción de su casa y por ello pidió licencia en el supermercado californiano).

El rastreo

Javier Amaro, la abogada californiana Jennifer Reisch, del bufete Bahan & Associates, y Miguel Angel Aranguti Hoyos, promotor de salud en Tepexi, prosiguen, bajo el pesado sol de mediodía de la mixteca baja, su paciente rastreo en este poblado de 18 mil habitantes.

Aranguti los guía por las empinadas calles polvorientas. A la orilla del camino hay grandes pedazos de mármol sin labrar. El mármol y la cantera dieron trabajo a este pueblo hasta los ochenta, pero desde entonces "escaseó el trabajo y cada vez fue peor pagado", recuerda Aranguti. La única otra fuente de trabajo es la agricultura de temporal (maíz y frijol).

El trío sigue su búsqueda. "En aquella tienda hay uno que trabajó en California", dice alguien. "Aquel que está en la plaza, él estuvo del otro lado", informa otra voz. Y la cadena prosigue: el de la tienda se acuerda de un hombre que vive "subiendo esta calle", que trabajó en el mismo supermercado que él; y el de la plaza dice: "allá está aquel trabajando en la construcción de su casa, me parece que él estuvo allá", "Pedro les puede dar el teléfono de su hermano que trabaja en Vons en Los Angeles".

Wincis, Celestino, Osvaldo... poco a poco se juntan los casos y los trabajadores llenan el cuestionario y plasman sus firmas para aceptar que los representen en la demanda.

Además de esta búsqueda "de a pie", también han obtenido resultados a través de un par de noticias transmitidas por televisión y por spots de radio y, sobre todo, a través de los sonidos locales en algunos poblados y de volantes y carteles. En algunos lugares se han convocado reuniones.

Se trata de una carrera contrarreloj. El juez californiano puso como fecha límite para la entrega de cuestionarios el 16 de abril.
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La historia de la demanda comenzó en 1999. Nació a partir de que MCTF comenzó a documentar las condiciones laborales de los trabajadores de la limpieza en California.

Cuenta un trabajador, quien prefirió el anonimato, que hace unos años los subcontratistas (muchos son mexicanos) les decían: "No firmen", con respecto a la demanda.

–Pero ustedes van a estar siempre arriba y nosotros abajo. Páguennos más, dénnos mejores condiciones –les contestaban.

Hace unos tres o cuatro años los subcontratistas –una suerte de enganchadores que consiguen gente a las compañías de limpieza– incluso llegaron a correr a algunos al saber que "estaban metidos en lo de la demanda". Ahora, sin embargo, hasta los supervisores que trabajan con los contratistas han contado su caso.

La demanda ya rindió al menos un fruto: las tiendas rompieron sus contratos con Building One, que se declaró en bancarrota en diciembre de 2002.

La famita

Zacapala, Puebla.– En días recientes, el joven sacerdote Victorino Sánchez Hernández ha explicado en las rancherías y en misa de qué se trata la demanda: "Uno tiene el deber de explicar, porque ante todo está la justicia", dice.

Al entusiasta joven le desilusiona la respuesta encontrada: "¿Qué gano con denunciar? A lo mejor se gana la demanda, pero, mañana, ¿dónde trabajo?, los contratistas son gente bien conectada", le dijo un trabajador.

Pero no sólo temen perder su empleo, también tienen miedo de que la reacción de los contratistas propicie el regreso de la violencia a un poblado que ya la probó en los ochenta.

"Cuando me mandaron para acá, me decían, ‘¡ay, pobrecito!’... es que Zacapala tiene una famita...", cuenta el párroco. Pero llegó hace año y medio y descubrió que la situación había cambiado. De todos modos, la memoria de los tiempos violentos persiste y la gente no quiere moverle. "Sufrí tanto que no quiero volver a sufrir. Prefiero que se queden con mi dinero a que volvamos a esa situación", cuenta el cura que le confesó un trabajador.

¿Hay, pues, más temor o esperanza?

Se inclina hacia delante, mueve la cabeza de un lado al otro y dice quedo: "Temor". Tras una pausa, añade: "La gente piensa, bien que mal tengo mi casa, mi carrito, mejor no me meto en problemas. Es un síntoma de nosotros los mexicanos: ‘¿para qué?, si ni caso nos van a hacer’".

De todos modos, como "ante todo está la justicia", el cura prestó la sacristía al equipo de California para las entrevistas. "Ojalá lleguen muchos", concluye.

Al final del día había más de 10 cuestionarios llenados. Una cifra nada despreciable, para ser Zacapala la capital de los contratistas en la región.

Zapata, el "superempresario"

En la capital de los contratistas, Alfonso H. Zapata es el rey. Desde 1979 tiene la empresa Zapata Janitorial Building and General Services, Inc., la mayor contratista en la región (en 2000 se salió del negocio en California).

Gracias a empresas como la suya, los supermercados pueden ahorrar hasta 40% en pagos a personal de limpieza –comparado con contratarlos directamente– y lavarse las manos.

El esquema es sencillo, según lo explica el abogado Hernaldo J. Baltodano, de Hadsell & Stormer, Inc.: Safeway, por ejemplo, contrata a Zapata Janitorial para que le provea trabajadores que limpien los supermercados. A su vez, Zapata Janitorial emplea a subcontratistas para que consigan gente. De esta manera, la tienda obtiene más ganancias (no tiene que pagar seguro médico ni prestaciones) y puede alegar que no es responsable directa de la situación de los empleados. Pero, a la vez, tiene el control de los trabajadores (los contratistas no tienen supervisores en las tiendas).

El supermercado pacta con el contratista más barato y éste contrata a los subcontratistas más baratos, quienes pagan los sueldos más bajos. En muchas ocasiones el pago es en efectivo o cheque personal.

"Nos explotan nuestros propios paisanos", dice el promotor de salud de Tepexi, "cuando uno cruza, se siente en la gloria porque ya tiene trabajo, pero los contratistas te extorsionan, tienes que pagarles lo del raite, lo de la renta, al principio uno gana 400, 500 dólares a la quincena y máximo llegan a pagar 600 o 650 dólares a los encargados de tienda". (El raite: muchas veces los contratistas ofrecen a los trabajadores transporte de su casa al supermercado –algunos de los trabajadores que contestaron el cuestionario no sabían su dirección en California– y les cobran cinco dólares por viaje.)

Hay contratistas que pagan los honorarios del pollero y luego se lo van descontando a los trabajadores.

Algunos ya han caído en la cárcel, como Abel Huerta y Esteban Mendoza, ambos contratistas de Zacapala, uno de ellos acusado de "gran robo de trabajo" (como se tipifican una serie de violaciones laborales).

Mendoza, dueño de Cindy’s Cleaning, por ejemplo, albergaba a trabajadores de limpieza atrás de su casa, en viviendas de triplay –y les cobraba renta.

La base de la explotación es, en muchos casos, la ignorancia. "Yo vine a conocer el overtime (horas extra) hasta Los Angeles, antes trabajaba 60 horas semanales y me pagaban 40", dice uno de los entrevistados.

Una explotación que puede llegar a poner en peligro la vida del trabajador, aunque sea de manera indirecta, como la noche en que Miguel Angel Aranguti manejaba por el freeway 5, en Anaheim, rumbo al trabajo, y se quedó dormido. Sus compañeros de coche también venían dormidos. Un patrullero los paró y los salvó de un posible accidente, pero la policía lo envió al centro de detención y fue deportado.

* * *

Trabajaron
Siempre llegaron a tiempo
Nunca llegaron tarde
Nunca respondieron a los insultos
Nunca se tomaron días de descanso
Que no estuvieran en el calendario
Nunca se fueron a huelga sin permiso.

Así comienza el Obituario Puertorriqueño del recién fallecido poeta nuyorriqueño Pedro Pietri. El hablaba de sus paisanos, sin embargo, las mismas palabras podrían referirse a los trabajadores de limpieza mexicanos.

Armando Hernández tenía 15 años cuando salió con su cuñado hacia el norte. Como su protector tenía papeles, lo dejó encargado con un pollero en la frontera. Lograron cruzar tras dos noches de caminata en el desierto. Armando asegura que nunca se sintió asustado y que, como "aquí uno está impuesto a caminar mucho", el cruce fue mucho más fácil que el trabajo que le esperaba en California.

Parado fuera de la sacristía de Zacapala, donde el equipo de California llena los cuestionarios, Armando espera su turno. Trae puesta una playera del uniforme de los yankees, bermudas y una gorra. Es un apasionado del beisbol. Está en el equipo local y este domingo, en cuanto conteste el cuestionario, se irá al partido. Paradójicamente, cuando vivió en un país beisbolero nunca pudo jugar porque, durante las 365 noches que trabajó en dos supermercados, uno de ellos Albertson’s, no tuvo un solo día de descanso. A cambio, le pagaron 300 dólares a la quincena, "por ser menor de edad", cuando legalmente debía ganar al menos 540. El y su cuñado laboraban a través del subcontratista Abel Huerta. (Cuando se le menciona que ganaba la misma cantidad que lo que pagaban en renta, abre los ojos por el asombro y se queda callado.)

El y su cuñado se levantaban al atardecer, comían (a veces era el desayuno) y salían a las 10 de la noche para llegar a la chamba a medianoche. A las ocho de la mañana dejaban la tienda lista para otro día de clientes que recorren los pasillos en busca de galletas y detergente. Tardaban dos horas en regresar a casa –si había mucho tráfico había ocasiones en que llegaban a casa hasta mediodía, tan cansados que ya ni desayunaban, y se iban directo a la cama. Hasta la tarde, cuando despertaban y el jornal comenzaba de nuevo.

Armando no tardó en aprender a estripear (el producto con el que se quita la cera se llama wax striper), waxear (encerar), mover el bofer (buffer: máquina para sacar brillo a la cera), a usar la máquina para lavar los pisos... "Me lloraban los ojos con el estriper", dice. Y es que nos les daban ni mascarillas ni guantes ni suelas especiales para evitar caerse en el piso, que se ponía extremadamente resbaloso, sobre todo con el producto para quitar la cera. Armando aprendió a no resbalarse. Su cuñado no tuvo tan buena suerte. Con una voz cuya suavidad, falta de coraje, hace que suene más dramático lo sucedido, cuenta que una noche su cuñado resbaló en el striper –imposible mitigar el golpe con las manos por el mismo striper– se pegó en la nuca y le entró en los ojos el producto. Se lavó con agua. Esa fue toda la curación. A pesar de tener papeles, no recibió atención médica.

A partir de esa noche, Armando le dijo a su cuñado que se quería regresar a México, que ya no aguantaba más, que estaba harto.

Y al poco tiempo estaban de regreso.

Hoy, ya está pensando en volver, pero ya no trabajaría en un supermercado. "No me gustó", dice, y es una de las pocas frases que pronuncia enérgicamente.

* * *

Durante las entrevistas, los trabajadores cuentan a granel violaciones laborales, no en tono de denuncia, sino como si fueran algo natural: "No nos daban tiempo de descanso, lo vine a conocer cuando trabajé en las lavanderías, a veces nomás nos daban un descansito para tomar un café y ya". "Nos dejaban salir hasta que hubiéramos terminado de limpiar, teníamos que esperar a que los estibadores y cartoneros terminaran su trabajo para poder limpiar". "Nunca me pagaron los días festivos ni las horas extra". "Durante dos quincenas no me pagaron". "Eramos manos, no voz" (respuesta ante la pregunta de si recuerda el nombre del jefe
de turno).

A ratos, los entrevistadores se las ven negras:

–¿En la tienda le daban descanso de 30 minutos?

–Nos comíamos un burrito, una sopa Maruchan.

–Pero, ¿cuánto tiempo era eso?

–No sé, no me fijaba...

O:

–¿A qué hora salías?

–A las ocho, ocho y media, nueve (de la mañana)... no sé, cuando estás allá lo que quieres es terminar y ya.

O:

Tras una hora de reconstrucción cronológica de las tiendas donde trabajó, finalmente concuerdan las fechas, pero de pronto el entrevistado recuerda: "¡Oh!, y también trabajé en una Albertsons".

* * *

El juicio está programado para empezar el 15 de junio. Ralphs ya acordó pagar 3 millones de dólares. Los abogados están optimistas. Estiman que la cifra final podría ser de al menos 10 millones de dólares.

"Lo importante es que el éxito de esta demanda podría abrir la posibilidad de más, y así podríamos establecer una base mínima de condiciones para los trabajadores. Y éstos comprobarían que sí es posible que haya justicia", dice la abogada Jennifer Reisch.

El rey de los contratos

El mayor contratista de la región, Alfonso Zapata, dueño de Zapata Janitorial Building and General Services, Inc., hizo un donativo para la construcción de la carretera. Después se enteraron los habitantes de Zacapala de que los billetes verdes provenían de sus paisanos trabajadores, a quienes les descontaba "cerca de 30 dólares" quincenales, cuenta una zacapalense. Incluso organizó un comité en Los Angeles para recolectar dinero para obras del pueblo. "Cuando la gente se dio cuenta de que estaba saqueando a los trabajadores, estaba muy enojada", cuenta la mujer.

De Zapata, las historias abundan. Es tío del presidente municipal priísta, Antonio Godofredo Huesca Zapata. "Zapata lo puso", dice la mujer, "el presidente anduvo comprando los votos a 2 mil pesos".

Naturalmente, el alcalde tuvo temor de la presencia del equipo legal californiano. El 6 de marzo pasado les sugirió que los contratistas lo estaban amenazando.

De Zapata también se dice que cada año "desaparece durante unas semanas para ir a rejuvenecer", que ha habido atentados en su contra y por eso ahora anda con guardaespaldas, que, dicen, traen charolas judiciales. También aseguran que es amigo del gobernador Melquíades Morales (y del actual precandidato priísta Mario Marín) y que incluso Morales y Zapata arribaron al poblado en helicóptero durante la campaña del ahora mandatario.

Más allá de estas historias, lo cierto es que ha hecho su fortuna aprovechándose de sus paisanos. Y en el pueblo es poco querido.

En el gobierno, en cambio, sí se le aprecia. O al menos así era hasta hace año y medio. Mario Riestra, coordinador de asesores del gobernador y de las Oficinas Estatales de Atención al Migrante (Conofam), lo presumía a Masiosare durante la presentación de "importantes proyectos regionales de desarrollo social" en Piaxtla, como Alfonso Zapata, un "superempresario que donó un módulo de telemedicina (para diagnosticar vía satélite a los migrantes) conectado con la Universidad de Texas".

No importa, al parecer, que ese "superempresario" haga su lana explotanto a sus paisanos.

Con dios y con el diablo, el gobierno de Puebla, a través de Mario Riestra, ayudó al equipo llegado de California. A través de Riestra lograron que Comunicación Social estatal programara spots de radio y algunos de los miembros de la oficina de atención acompañaron al equipo a Tepexi y Zacapala para que las autoridades locales les abrieran las puertas.

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