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11/02/2011 | Fuente: lavanguardia.es Volver Atrás

La otra historia de la ciudad: La suciedad en Barcelona a lo largo de los siglos

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En la Edad Media, por ejemplo, los cristianos se recreaban en lo escatológico, frente a la purificación con agua de judíos y musulmanes. El historiador Dani Cortijo recoge en 'BCNbruta' los rincones más y menos higiénicos del casco antiguo a lo largo de los siglos

La pulcritud del casco antiguo de Barcelona ha sido motivo de controversia desde hace siglos. No es un debate nuevo, pese a que los servicios de limpieza de cada época se han esforzado por eliminar de sus calles toda muestra de suciedad o basura. Sin embargo, estas vías tan estrechas y sus vecinos han dejado para la posteridad numerosa documentación, leyendas urbanas y costumbres populares relacionadas con la escatología. Desde la escasez de higiene de los cristianos en la Edad Media, hasta la explosión de las primeras letrinas, pasando por catadores de materia fecal y riachuelos malolientes, el distrito que hoy atrae tantos turistas y rodajes de cine ha conocido también momentos muy poco elegantes.

El historiador y bloguero especializado en la ciudad condal, Dani Cortijo, recorre en una conferencia la ‘BCNbruta’, es decir, un recorrido por la suciedad y la escatología en Barcelona a lo largo de los siglos.


Refinada Barcino romana…

La fundación de la ciudad, en época romana y con el nombre latino de Barcino, trajo higiene y culto al cuerpo a esta llanura entre Collserola y Montjuïc. Para los romanos, un espacio indispensable en la vida social eran las termas públicas. En ellas los ciudadanos se limpiaban y se hacían aplicar tratamientos cosméticos hechos con ingredientes naturales. Aprovechaban, de paso que se reunían con otros patricios de la ciudad, para hacer negocios y urdir conspiraciones políticas. ‘Mens sana in corpore sana’, nos recuerda la expresión en latín.

En Barcino habría habido varias, tres de las cuales están documentadas. "La única que puede visitarse está en la plaza del Rei, en el sótano del Museo de Historia de la Ciudad", explica Cortijo. La segunda está bajo la plaza Sant Miquel, detrás del edificio del Ayuntamiento, pero sus restos están todavía enterrados debajo del asfalto. "La tercera se supone que estaba al lado de una puerta de muralla, seguramente en la situada en la calle Regomir, a la altura del Centro Cívico Pati Llimona", redondea.

La ciudad romana se estructuraba entorno a dos calles perpendiculares, el Cardo (las actuales calles Llibreteria y Bisbe) y el Decumanus (Regomir, Ciutat y Bisbe), que se cruzaban en un gran Foro (la plaza Sant Jaume). Bajo ellas había, además, otra estructuración tanto o más importante: una red de alcantarillado que evacuaba las aguas fecales hasta el mar. Al caer el imperio romano, esta trama subterránea dejó de usarse y quedó inservible.

No fue hasta el siglo XIX, una ciudad mucho más extensa tras el Plan Cerdà, que Barcelona recuperaría y ampliaría esta red tan necesaria. La atención a la higiene, sin embargo, no estaba reñida con costumbres que hoy consideramos totalmente escatológicos, como el uso de orines en las lavanderías romanas en lugar de la lejía actual.

…pestilente Barcelona medieval

La Edad Media, en cambio, dividió la ciudad y sus habitantes según las tres comunidades religiosas del momento –cristianos, judíos y musulmanes– y las concepciones sobre el cuerpo humano y el agua que cada fe promulgaba. Los más limpios, en términos de higiene corporal, eran los musulmanes. El agua ejercía de elemento purificador y los fieles disponían de fuentes para limpiarse antes de cada oración.

Los judíos que habitaban el denso Call barcelonés utilizaban unos baños purificadores, los ‘miqvé’, en los que la persona debía sumergirse por completo en determinados momentos del año. "No han quedado ruinas de ninguno, pero sí documentación que prueba que en ‘Els Quatre cantons del Call’ (la encrucijada entre las calles Banys Nous, Boquería, Avinyó y Call) se construyeron unos nuevos baños públicos para la ciudad, por encargo del conde de Barcelona Ramon Berenguer IV", relata el historiador. Los realizó el maestro judío Abraham Bonastruc en 1160, que pidió a cambio un espacio reservado para los hebreos, y su nombre contagió a una de las calles, Banys Nous. Sus ruinas se conservaron hasta 1716.

"Múltiples guías de la ciudad afirman que había otro miqvé, para hombres, en la calle Banys Nous, dentro de lo que hoy es una tienda de muebles llamada S’Oliver, basándose en las columnas de ladrillo que conserva. Sin embargo, hay voces acreditadas como la de Victòria Mora, directora del Centro de Interpretación del Call, que descartan esta teoría porque los ladrillos son demasiado modernos", contrapone. Esto no descarta que las columnas se reconstruyeran sobre los restos de los baños, pero la ubicación no ha podido ser excavada. "En el sótano de la cafetería Caelum, en la calle de la Palla, se pueden ver los restos otro posible 'miqvé', éste para mujeres, pero tampoco está avalado por los historiadores porque en la Edad Media estaba fuera de los límites del Call", añade.

Los cristianos, en cambio, eran bastante dados a la escatología y la falta de higiene. El cuerpo era la cárcel del alma, según el credo de esa época, así que limpiarlo y cultivarlo era considerado pecaminoso: “Cuánto más se mortificaba y descuidaba el cuerpo, más cerca de Dios de llegaba”, recuerda Cortijo. Por eso las procesiones y las plegarias incluían a veces flagelos, torturas autoinfligidas y bastante sangre. Además las defecaciones se acumulaban en ‘pozos negros’ dentro de las casas y el lanzamiento de orines desde la ventana era una práctica bastante habitual.

La civilizada modernidad de Cerdà y las primeras letrinas

El derribo de las murallas y la creación del Eixample, junto con la nueva pasión por la tecnología y la obsesión de Cerdà por la higiene, impulsaron el establecimiento de una nueva red de alcantarillado, aunque no para todo tipo de desechos. Un complejo sistema de evacuación de aguas sucias evacuaba los líquidos de cocinas y calles, pero las heces humanas continuaban en los pozos domésticos, como en la Edad Media.

“La razón es muy contundente: los excrementos eran valiosos como abono para el campo y los maestros poceros los ‘compraban’ y extraían de los pozos muertos para venderlos a los campesinos”, aclara. Mantener esta antigua fuente de ingresos, creía Cerdà, podía ayudar a financiar su Eixample. El precio se fijaba según la ‘calidad’ de la materia recogida, que cuantificaba un ‘catador’.

Sin embargo, el negocio duró poco tiempo, porque la aparición de los abonos artificiales hizo perder el valor económico de las heces orgánicas.  A pesar de ello, la idea que generaban negocio quedó instalada en la creencia popular: “Tanto, que la Mutua de Propietarios, que se encargaba de los pozos desde 1871, se vio obligada a publicar una 'Instructa sobre el servicio higiénico de extracción de materias fecales en Barcelona y sus suburbios’, en la que se defendía de la acusación generalizada de estar enriqueciéndose”, afirma Cortijo.

En el conocido blog del historiador, Altres Barcelones, recoge una anécdota curiosa sobre una de las primeras letrinas del siglo XIX. Según recogía la revista 'La Actualidad', el 24 de enero de 1914 explotó una letrina en una vivienda del número 7 de la calle Pelai. “Al parecer los ‘water-closets’ (término que hemos heredado escondido tras las siglas WC) no reunían las condiciones óptimas de seguridad y a causa de una concentración de gases una letrina provocó una fuerte explosión que conmocionó a los ciudadanos”, reza el post. Dejó tres heridos, la portera y dos albañiles.

Más historias barcelonesas, a pie de calle

Quien quiera conocer más leyendas y anécdotas de la capital catalana y situarlas in situ puede acudir la ruta ‘Barcelona: Detalls, històries i secrets’, que guía Dani Cortijo los fines de semana y festivos, en colaboración con la empresa Cultruta.com. Se trata de la ruta oficial de su libro ‘Històries de la Història de Barcelona’ (L’Arca, 2010), que ya va por la cuarta edición. La última parada de la ruta trata de la cultura escatológica en la ciudad.



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