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17/10/2005 | Fuente: La Opinión de Málaga Volver Atrás

Vender una Aspiradora

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....Pero he aceptado asistir a una demostración de productos de limpieza en mi propia casa. Aún intuyendo el peligro, no pude hacer otra cosa que decir que sí. La voz apurada de la chica que llamó por teléfono me dejó sin argumentos...

La aspiradora

Lola Clavero

Tenía cosas mejores que hacer esta tarde que ver lo bien que funciona una aspiradora. Un cine, un libro o la música de Chopin son opciones más apetecibles para una tarde de lluvia. Pero he aceptado asistir a una demostración de productos de limpieza en mi propia casa. Aún intuyendo el peligro, no pude hacer otra cosa que decir que sí. La voz apurada de la chica que llamó por teléfono me dejó sin argumentos. Necesitaba, decía, hacer muchas demostraciones, para ganarse algún dinerillo. "Ayúdeme usted, se lo ruego, sólo será una horita, sin que tenga usted que comprar nada, sin compromiso"... Una que sabe, por propia experiencia, lo difícil que es para los jóvenes abrirse camino en el mercado laboral, se deja llevar por el espíritu solidario y vuelve a caer en la trampa como una pardilla. Así que a las 17.30, en lugar de la apurada chica, comparece en la puerta un joven muy entrajetado, armado de una mastodóntica aspiradora. Nada más llegar, pide usar el teléfono para comunicar a su jefe que ya ha llegado, "Pues sí, anuncia, ya estoy aquí con esta familia, que estoy seguro nos comprará nuestra formidable `Happy Work". Afirmación en la que ya puede olerse el tono de advertencia y amenaza.
Acto seguido, el joven vendedor procede a desenfundar el armatoste, mientras que, en su nervioso trapicheo, caen al suelo con gran estrépito un número considerable de cepillos de todos los tamaños; los accesorios de `Happy Work´, que, como pueden ver, dice, es un aparato fácil y cómodo de manejar.
"Ya verá usted, señora, la de tiempo y esfuerzo que Happy Work le ahorrará en las tareas del hogar", jadea el joven ya sudoroso después de encajar una pieza enorme al aparatoso aparatejo. Una vez que da paso a un formulario algo agresivo sobre mi competencia doméstica, "Vamos a ver, señora, cómo limpiamos los suelos", opto por pasarle la patata caliente a Jean Pierre, quien, en un momento decido que es mi marido y, a la vez, quien realiza las tareas domésticas. Lo cual descoloca visiblemente al chico, ya que eso de que el varón haga de amo de casa es aún algo que sólo aparece en los anuncios publicitarios destinados a conquistar la simpatía de la nueva mujer emancipada; pura fantasía sexual. Así que desorbita un tanto los ojos, cuando ve cómo me dirijo a mi presunto marido con tono autoritario, "Allez, Jean Pierre, montre lui comment tu fais pour nettoyer le sol?!" (Vamos, Jean Pierre, enséñale al señor cómo limpias el suelo). Pero, vencido el primer desconcierto, el tenaz vendedor continúa el interrogatorio por el camino del "más difícil todavía". ¿Y las paredes? ¿Y los techos?, lo cual obliga a Jean Pierre a subirse a un taburete, adoptando posturas imposibles, mientras apunta con mi pequeño aspirador aquí y allá. Todo ello por temor a responder la verdad, "Mire usted, señor, es que las paredes y los techos no los limpiamos", no sea que el señor, como se ve venir, nos tache de ser un par de puercos. La tarde se convierte, pues, en una batalla campal en la que dos hombres combaten con dos aspiradoras. Aunque todas las batallas las gana, claro está, el héroe de la `Happy Work´, quien va depositando muestras negras de polvo y ácaros extraídas del mismo lugar donde antes limpió Jean Pierre, tras de lo cual, comenta con ironía, "y ustedes pensaban que estaba limpio".
Tanto empieza a dolerme semejante humillación que, muy metida en el papel, recrimino a mi presunto marido, "Pues vaya porquería de limpieza que haces tú".
Envalentonado por su victoria, el vendedor considera que ha llegado el momento de nuestra rendición y empieza a atacar con la venta inmediata. La Happy Work vale 2.800 euros "pero bien pagados que están si ello les libera de vivir entre tanta inmundicia". Lo último que pensaba yo hacer en esta tarde de lluvia era gastarme semejante cantidad en una aspiradora, así que me invento que tengo que pagar dos hipotecas y las letras de un coche, no sea, como se ve venir, que este señor me acuse de tacaña. "A ver si no van a ser ustedes capaces de pagar dos euros al día" (durante tropecientos años), acusa ya con abierto sarcasmo. Claro que, dice señalando las muestras llenas de polvo, si ustedes prefieren vivir con esto (o sea, rodeados de mierda) cada cual tiene sus prioridades.
Lo último que me esperaba yo en esta tarde de lluvia era estar secuestrada en mi propia casa por un joven que me acusa de puerca y de tacaña. Pero, es así, la casa ya no es un refugio seguro, cuando no llaman a tu puerta para venderte una aspiradora, te llaman por teléfono para ofrecerte alguna ganga de una compañía telefónica. Y si intentas salir del paso con educación, te someten a una paliza persuasiva de varias horas que te agota psíquicamente. Todo ello para que, al final la paciencia desbordada te obligue a cabrearte, a decirles que quieres seguir sin tarifa plana y sin aspiradora en tu casa apercodida. Que el único lujo que necesitas es que te dejen tranquila. De una puñetera vez.

 

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