TEXTO: JOSHUA LEDERBERG Premio Nobel de Medicina
Los microorganismos de evolución rápida pueden confabularse contra los humanos mediante sinergias de organismos que
provocan enfermedades leves que, al unirse entre sí, se vuelven virulentos. Puede que este sea el caso del síndrome respiratorio severo y agudo (SARS), que parece una variante del virus del resfriado común.
La gran noticia científica que saludó al nuevo siglo fue el proyecto para descodificar el genoma humano. Debemos ahora recordar que buena parte de la composición biológica de nuestro cuerpo consta de otros genomas además de los humanos. Multitudes de bacterias y virus ocupan nuestra piel, membranas mucosas y tracto intestinal. Es probable que dichos microorganismos desempeñen una función mucho más importante en el desarrollo de una enfermedad -y en la resistencia a la misma- de lo que nosotros creemos.
Comprender esta cohabitación de genomas dentro del cuerpo humano -lo que yo denomino microbioma- es básico para comprender la dinámica de la salud y de la enfermedad. Tras un lapso de unas décadas, gérmenes y enfermedad vuelven a ocupar un lugar importante en nuestra mente, en gran medida debido al terrorífico impacto del sida en todo el mundo. También se ha renovado la conciencia de que enfermedades de incidencia planetaria como la tuberculosis y la malaria siguen siendo azotes históricos. Ahora, más cerca de nosotros, las noticias diarias nos hablan de nuevos brotes como el síndrome respiratorio severo y agudo (SRAS) que se extiende desde China a todo el mundo, con un resultado que en este momento no se puede predecir con seguridad.
Cazadores de microbios
A lo largo de la historia, la enfermedad infecciosa ha regulado nuestras vidas. Sólo en el siglo XX, gracias a medidas higiénicas sencillas como lavarnos las manos con regularidad o separar el agua potable de las aguas residuales, hemos pasado más ampliamente, para lo bueno o para lo malo, a intentar controlar cómo afectan los microbios a la vida humana.
El niño nacido en EE.UU. en 1900 tenía una esperanza media de vida de 47 años. A finales de ese siglo, debido principalmente a la conquista de las enfermedades infecciosas, era de 80 años para las mujeres y aproximadamente 75 para los hombres. Desde finales de la década de 1920, la metáfora que adoptamos de manera optimista respecto a nuestra relación con los microorganismos ha sido la de «cazadores de microbios» a la conquista de enfermedades específicas. En la década de los sesenta, reforzados por los maravillosos fármacos y por las vacunas de mediados de siglo, muchos afirmaban que «las plagas serán eliminadas para siempre de la Tierra», sólo para verse humillados después por la trágica llegada de la epidemia del sida, que nos ha demostrado lo lejos que estamos realmente de ese objetivo. Claramente, la complacencia respecto a la infección fue un subproducto de nuestra campaña contra los microorganismos. El síndrome respiratorio severo y agudo constituye el nuevo reto. En lugar de la complacencia, de utilizar la metáfora de la conquista y de mantener la idea de erradicar las enfermedades infecciosas, deberíamos aprender una lección más matizada: es mejor aspirar a mantener una relación de coexistencia simbiótica con los gérmenes, y declarar respecto a ellos una «tregua», en lugar de aspirar a una victoria. Esa coexistencia puede rastrear la trayectoria desde las crueles pandemias mortales hasta la tolerancia mutua.
Los microbios abundan en poblaciones con un exponente de 15 a 20. Digamos simplemente que hay muchísimos. Son organismos diminutos que crecen y se desarrollan en ciclos de veinte minutos o menos. Cuando una comunidad de mil millones de células se puede reemplazar de la noche a la mañana a partir de una única simiente, los individuos son completamente prescindibles.
En un pequeño tubo de ensayo se pueden cultivar decenas de miles de millones de células. Por el contrario, la especie humana tiene una población de menos de 10.000 millones, bastante modesta a escala microbiana. Cada organismo es multicelular y grande, con un ciclo de desarrollo largo y costoso. Cada uno de nosotros como individuos seríamos los primeros en resistirnos a violentas fluctuaciones en el tamaño de la población.
Y la sociedad humana tampoco podría florecer sin alimentar y proteger a la mayoría de los individuos. Para mayor contraste con las capacidades biológicas de los microorganismos, éstos intercambian fácilmente genes dentro de cada especie y entre especies. No se «especian», ni se diferencian en organismos genéticamente aislados como hacemos nosotros. De hecho, experimentan «promiscuas transferencias genéticas horizontales», que convierten al mundo microbiano en una especie de red mundial de ADN que comparte información genética que puede trasladarse de un microbio a otro.
Cuando, por ejemplo, los antibióticos penetran en nuestro sistema de alcantarillado y matan unos cuantos microbios, es el mutante ocasional resistente el que sobrevive. Estos supervivientes pueden entonces transferir la inmunidad recientemente descubierta a los genes de otros microbios, incluidas las especies patógenas que fomentan la enfermedad humana. Los humanos no se benefician biológicamente de las innovaciones que se han desarrollado en los pájaros, en los ratones o en los monos, excepto que ahora disponemos de una inteligencia desarrollada capaz de generar una red informativa para adquirir y compartir información e ideas. Estos microorganismos de evolución rápida pueden confabularse contra los humanos mediante sinergias de organismos que provocan enfermedades leves, que, al unirse entre sí, se vuelven virulentos. Puede que éste sea el caso del SARS, que parece una variante del virus del resfriado común.
Capacidad evolutiva
No sólo estamos genéticamente aislados de otras especies, sino que las células de la línea seminal humana están selladas en nuestras gónadas, aisladas de la mayoría de las vicisitudes del cuerpo. Aquello que el cuerpo pudiera aprender mediante la generación de inmunidad -pongamos, contra nuevos virus- no se puede transmitir a través de un espermatozoide ni de un óvulo a la siguiente generación. Cada generación tiene que volver a aprenderlo en un nuevo ciclo.
En resumen, las competitivas probabilidades evolutivas parecen estar muy a favor de los microbios. Percibimos esta desigualdad cuando grandes plagas y epidemias barren el mundo. Basándonos exclusivamente en las pruebas, la capacidad evolutiva de los microorganismos debería habernos derrotado hace siglos. ¿Por qué no ha sido así? ¿Por qué seguimos estando aquí, compartiendo el planeta con los microbios? No nos han extinguido simplemente porque tienen un interés común en la domesticación y supervivencia de los huéspedes: los humanos y otras criaturas pluricelulares. El microorganismo que mata a su huésped se encuentra en un callejón sin salida. Si es un conquistador victorioso, extingue su vida además de la nuestra. Biológicamente hablando, la razón por la que aún estamos aquí es que los microbios necesitan huéspedes vivos para su supervivencia.
Esta realidad nos permite establecer algunas de las reglas básicas del éxito evolutivo en el mundo microbiano, la reglas cardinales del comportamiento parasitario. Es como si hubieran leído la Biblia y conocieran el Génesis: su primera norma es crecer y extenderse. Se multiplican.
A continuación, siguiendo la doctrina maltusiana y darwinista, tienen que ser los más aptos para sobrevivir y obtener la mayor progenie posible. Y se enfrentan a un dilema: si extinguen con demasiada rapidez a su huésped, no podrán propagarse. Pero, por supuesto, tienen también el imperativo de asegurarse un alojamiento en el huésped, una cabeza de puente, luchar contra las defensas locales y establecer una reserva para la propagación.
Eso es la enfermedad tal como la experimentan los humanos: una toma de posición para que el huésped solícito proporcione alimento caliente y refugio, para que sea domesticado al servicio de dicho parásito. Los síntomas que percibimos de la enfermedad son a menudo secundarios para nuestro mecanismo de defensa, pero el germen los explota en nombre de su capacidad de diseminación.
Por ejemplo, una vez que un organismo como el cólera penetra en el intestino, provoca la diarrea más intensa que se pueda imaginar. Para provocar la diarrea, el cólera secreta una hormona que da lugar a la secreción de agua en el intestino. Siempre que el paciente se dedique a obtener una rehidratación masiva, es probable que equilibre la pérdida de fluido, sobreviva, y también que haya propagado miles de millones de gérmenes.
El cólera no «quiere» hacernos daño, pero su supervivencia como especie depende de la contaminación de las reservas de agua. La enfermedad se transmite así a otros huéspedes. Si pudiera conseguir no matar a ninguno de sus huéspedes, sería incluso mejor. De hecho, con una adecuada hidratación, el cólera no presenta una mortandad muy elevada. Esa idea se nos escapó durante 75 años, por no comprender que todo lo que necesitábamos buscar para entender cómo funciona el cólera es una «hormona de secreción de agua». Así que es justo decir que millones de vidas fueron rehenes de una filosofía equivocada de la enfermedad.
A veces, un germen puede incluso proteger al huésped frente a otros patógenos competidores. Un ejemplo prometedor se da en la investigación contra el sida. Es el descubrimiento de que la infección con una variante del virus de la hepatitis C parece ir asociada a una considerable resistencia contra el avance del VIH. No es sorprendente que un virus intente desplazar a otro. Forma parte de su estrategia de mantener su ventaja competitiva. La mejor estrategia de todas es fundirse con el huésped y formar parte de su genoma.
Tras una evolución tan larga, somos, de hecho, portadores de unos 500 retrovirus diferentes, integrados en nuestro genoma, que son testimonio de una historia de experiencia con los parientes del VIH. Tras millones de años, los virus que nos encontramos antiguamente desempeñan ahora funciones de defensa indispensables para el huésped. En resumen, los microbios que cohabitan en nuestro cuerpo hacen gala de un considerable autocontrol, al moderar la virulencia de la enfermedad, especialmente en relaciones bien establecidas con los huéspedes animales. Patógenos sistémicos como los estafilococos y los estreptococos -que hace mucho tiempo invadieron nuestros cuerpos y que ahora viven en ellos- raramente secretan toxinas extremas. En consecuencia, es probable que uno de cada tres humanos sea portador sano de estos microbios.
Ampliaría nuestros horizontes filosóficos el pensar que un humano -el espacio corporal de cualquier humano- es más que un organismo. Es un superorganismo con un genoma ampliado que no sólo incluye sus propias células sino también el fluctuante genoma microbiano de las bacterias y virus que comparten nuestro espacio corporal. Algunos de estos antiguos invasores se han establecido permanentemente en nuestras células, e incluso han cruzado la línea, penetrando en nuestro genoma. A ese conjunto extenso de compañeros lo denomino microbioma, y ruego por que se investigara más sobre cómo influyen en nuestras vidas, no sólo en lo que se refiere a los brotes, los errores, que llamamos enfermedad. Comprender esto significa que vivimos con un acuerdo de cooperación -una tregua- con los microbios que no nos matan.
Las implicaciones de nuestros nuevos conocimientos son que necesitamos más investigación, no sólo sobre cómo las bacterias se vuelven virulentas, sino también sobre cómo «contienen» su virulencia y moderan sus ataques. Necesitamos investigar cómo hace nuestra flora macrobiótica -la que vive con nosotros todo el tiempo- para no causarnos enfermedades y protegernos contra sus competidores.
Otra implicación es que, filosóficamente, tenemos que recelar mucho del concepto de erradicación, de atravesar una estaca en el corazón de una infección bacteriana de una vez por todas. En un mundo así, no tendríamos la cruda experiencia de alojar los estímulos infecciosos y nos volveríamos más vulnerables. Tenemos un ejemplo actual en nuestros problemas con la viruela. En otro tiempo creímos haberla erradicado y, de hecho, establecimos una política mundial basada en su total erradicación. Como consecuencia de ello, bajamos completamente la guardia, nos volvimos inmunológicamente ingenuos y suspendimos toda la investigación en mejoras de vacunas y de medicamentos antivirales que pudieran paliar una recurrencia accidental o maliciosa. Ahora nos apresuramos a llenar el vacío.
Por último, debemos darnos cuenta de que un exceso de higiene puede ser perjudicial. Al esforzarnos en obtener ambientes infinitamente limpios, puede que nos estemos privando de los estímulos que nuestro cuerpo necesita para «espabilarse» y desarrollar defensas contra la infección.