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Badajoz | 08/09/2003 | Fuente: Hoy Digital Volver Atrás

Por la limpieza a la enfermedad

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Por la limpieza a la enfermedad

La higiene convertida en adicción revela una enfermedad similar a otras . en las que también se mezclan miedos, fobias, inseguridades y complejos

En la película 'As Good As It Gets' Jack Nicholson interpreta el papel de Melvin Udall, un novelista insoportable no sólo por su tendencia al sarcasmo hiriente. A sus pésimos modales y su tendencia a zaherir a cuantos le rodean añade un extravagante repertorio de manías, desde evitar pisar las rayas del suelo hasta negarse a usar las cucharas del restaurante en vez de sus propios cubiertos previamente esterilizados. El protagonista de 'Mejor imposible' (tal es el título español del film) puede ilustrar muy bien ciertas manifestaciones de lo que se ha dado en llamar el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), una de cuyas manifestaciones es la obsesión por la limpieza.

Quizá resulte chocante que la limpieza, uno de los principios básicos de la salud corporal y ambiental, pueda asociarse con la enfermedad o ser síntoma o incluso causa de ella. Pero no tanto si pensamos en el peligro de todos los extremos, todas las exageraciones, todos los abusos. La limpieza puede ser uno de ellos. ¿Quién no ha conocido a alguna de esas amas de casa que, la bayeta en una mano y el spray abrillantador en la otra, van y vienen del salón al dormitorio a la caza de la última mota de polvo? ¿O a algún perito en abluciones que, no conforme con lavarse las manos 20 ó 30 veces al día, tiene que ayudarse de una pastilla de jabón distinta en cada ocasión tal como hacía Melvin Udall?

Llegados estos casos, ya no es cuestión de profilaxis ni de higiene personal ni de respeto a la nariz ajena. No es oro todo lo que reluce. La limpieza convertida en adicción revela una patología similar a otras rutinas desquiciadas de tipo neurótico donde se entremezclan miedos, inseguridades, fobias y complejos.

Básicamente hay cinco rituales compulsivos relacionados con obsesiones: los de repetición (contar pasos, santiguarse un número determinado de veces), los de comprobación (levantarse de la cama para verificar que están cerradas las puertas o la llave del gas), los de acumulación (hacerse con objetos innecesarios de los que no hay forma de desprenderse), los de orden (colocar las cosas en el mismo lugar y en la misma posición sin tolerar el más mínimo cambio) y, especialmente, los de limpieza. Se los considera compulsivos porque responden a una especie de fuerza exterior que el individuo no puede controlar, pese a que quienes los sufren suelen ser personas de acentuado sentido de la racionalidad. Precisamente la conciencia de su padecimiento -que, a los ojos de los demás, puede pasar como una señal de perfeccionismo o de autodisciplina- es lo que agrava su trastorno y retrasa más los procesos de curación.

Howard Hughes, el magnate estadounidense, vivió los últimos años de su vida aislado en una gran suite del hotel Beverly Hills, donde pasaba la mayor parte del tiempo completamente desnudo en una zona acondicionada para estar libre de gérmenes. El cantante Michael Jackson evita lugares públicos, compañías y ambientes por temor a recibir alguna infección. Como ellos, miles de personas en el mundo -en el mundo desarrollado, especialmente- han llevado la preocupación por la limpieza hasta límites insoportables. Lo que no tienen en cuenta es que, según los alergólogos y los especialistas en enfermedades infecciosas, muy probablemente el exceso de asepsia no sólo no es garantía de inmunidad, sino que priva de protecciones al cuerpo. Se ha comprobado que el jabón usado en cantidades industriales debilita el 'manto ácido' de la piel, favoreciendo la penetración de agentes patógenos externos e impidiendo que las secreciones naturales cumplan su función biológica de defensa. Los estudios sobre la inmunoglobulina E -un anticuerpo producido por el organismo- hablan de su 'estado ocioso' progresivo debido a la falta de gérmenes que lo activen, lo cual aumenta la probabilidad de alergias.

Dicho de otro modo: el exceso de protección nos vuelve indefensos. Por escapar de la 'suciedad' nos volvemos más vulnerables a otras suciedades peores. Lejos quedan, por fortuna, los tiempos en que pestes y epidemias debidas a la falta de higiene diezmaban poblaciones enteras, y lejos también aquellos consejos de los primeros higienistas («Debes lavarte los pies / cada dos meses o tres», rezaba un refrán sanitario del siglo XIX que recoge Josep Pla) que testimonian un atraso que mueve a risa o a repugnancia. Pero los grandes progresos en la salud de la humanidad conseguidos con la cultura de la higiene tienen su contrapunto en la nueva «suciedad bienoliente» que desconfía del poder del cuerpo -y de la mente- volviéndonos más frágiles cuanto más aseados.

Aunque el trastorno obsesivo compulsivo tiene su origen en factores psicológicos individuales, hay un componente social que favorece la obsesión enfermiza por la limpieza.

El culto al cuerpo y la desbordante invasión de las industrias cosméticas y similares han convertido las preceptivas rutinas diarias del baño o la ducha en imperativos llevados más allá de sus límites juiciosos.

La ideología de la seguridad van encerrándonos en burbujas de aislamiento y rechazo de todo lo que provenga no sólo del exterior sino de nosotros mismos.

Cuando la higiene personal deja de ser un hábito placentero de personas civilizadas y saludables y se transforma en una obsesión de maniáticos asustadizos, el perjuicio para el individuo está asegurado.

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